Jamaica lovers 66
S T R E E T  F E V E R

Del Rude boy al yeye

A primera vista, no podían ser más distintos. Uno caminaba por las calles polvorientas de Kingston con un traje impecable de corte estrecho, sombrero pork pie, zapatos lustrados y una mirada desafiante. El otro paseaba por la Gran Vía madrileña o por el centro de cualquier ciudad española con pantalones ajustados, americana clara o jersey de cuello alto, peinado con brillantina y la ilusión de formar parte de una juventud que empezaba a descubrir la modernidad.


El primero era un rude boy. El segundo, un yeyé.


Entre ellos había más de siete mil kilómetros de distancia, diferencias sociales enormes y realidades políticas completamente opuestas. Jamaica acababa de independizarse del Reino Unido en 1962 y sufría profundas desigualdades. España seguía bajo la dictadura franquista, aunque comenzaba a abrir una pequeña ventana al consumo, al turismo y a la cultura popular.


Sin embargo, ambos compartían algo que ninguna frontera podía separar: la necesidad de sentirse diferentes a la generación de sus padres.


Los rude boys hicieron de la elegancia un símbolo de orgullo. Vestían como los gánsteres del cine americano o los mods británicos, pero adaptándolo a la realidad jamaicana. En los patios donde sonaban los enormes sound systems, el respeto también se ganaba por la forma de vestir y por la manera de bailar.


Mientras tanto, los jóvenes españoles descubrían los escaparates, las revistas musicales y las primeras influencias llegadas de Londres, París o Italia. Nacía la estética yeyé: vestidos de colores, minifaldas, botas altas, pantalones estrechos, flequillos y peinados inspirados en los ídolos internacionales.


En Kingston, las noches pertenecían a Duke Reid, Coxsone Dodd y sus legendarios equipos de sonido. No existían las grandes discotecas tal como las conocemos hoy. Las calles, los patios y los salones comunitarios se convertían en auténticas catedrales del baile.
En España, los guateques reunían a decenas de jóvenes alrededor de un tocadiscos. Más tarde llegarían las primeras salas de fiestas y discotecas donde sonaban Los Brincos, Los Bravos, Fórmula V, Raphael, Karina o el Dúo Dinámico, junto a éxitos británicos y franceses.
También bailaban de forma distinta.


Los jamaicanos desarrollaron pasos elegantes y contenidos, adaptados primero al ska y después al rocksteady. El movimiento era tan importante como la ropa. Cada gesto transmitía personalidad.
Los yeyés preferían el twist, el madison, el beat, el giro al ritmo del pop o el rock ligero. Eran bailes más desenfadados, menos ceremoniosos, pero igualmente cargados de ilusión.


Sin embargo, la mayor sorpresa aparece cuando dejamos de mirar los zapatos y empezamos a escuchar los discos.
La imagen popular del rude boy suele asociarse a canciones duras, a la rivalidad entre barrios o a himnos de desafío. Pero la realidad de las pistas de baile jamaicanas era mucho más rica. Buena parte de los discos más populares hablaban de amor, desengaños, esperanza y corazones rotos.
The Paragons cantaban The Tide Is High. Alton Ellis emocionaba con I'm Still in Love with You. The Techniques, The Melodians, Ken Boothe, Delroy Wilson o Phyllis Dillon llenaban las noches jamaicanas de armonías delicadas y letras románticas.


Y, casi al mismo tiempo, en España, miles de jóvenes suspiraban con las canciones del Dúo Dinámico, Los Brincos, Los bravos, Los Mustang o Los Ángeles. Las historias eran prácticamente las mismas: el primer amor, los besos robados, la espera, la distancia, el miedo a perder a la persona querida.


Cambiaban los acentos. Cambiaban los ritmos. Cambiaban los paisajes, pero el lenguaje sentimental era universal.
Resulta fascinante imaginar que, mientras un rude boy abrazaba a su pareja durante una lenta de rocksteady en un patio de Kingston, una pareja española hacía exactamente lo mismo en un guateque de barrio escuchando una balada yeyé.
Dos mundos separados por un océano.


Dos juventudes con problemas muy diferentes.

Y, sin embargo, dos generaciones que encontraron en la música el mismo refugio para enamorarse, soñar y creer que el futuro les pertenecía.
Quizá esa sea la mayor lección de los años sesenta. Detrás de las etiquetas, de la moda o de las diferencias culturales, tanto el rude boy jamaicano como el joven yeyé español compartían el mismo deseo de vivir intensamente su juventud.
Porque antes que rebeldes, antes que modernos, antes que iconos de estilo... ambos fueron simplemente jóvenes enamorados al ritmo de una canción



 
 
 
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